De los que se enfundaron los guantes en noches de gloria y de los que, en silencio, lucharon cada día por un sueño.
Bajo el cierzo o ante la mirada de La Romareda, todos ellos dejaron su huella: reflejos, valentía y corazón.
Porque cada parada, cada esfuerzo y cada instante bajo los tres palos forma parte de una misma historia,
la de quienes honraron el escudo desde el lugar más solitario y heroico del campo.
Todos son, y serán siempre, parte de la leyenda zaragocista.
`Los guardianes del arco antes del nacimiento del Real Zaragoza´
Antes de 1932, la ciudad de Zaragoza vivía con pasión el fútbol a través de dos clubes que representaban a la capital aragonesa en las competiciones regionales y nacionales: el Iberia Sport Club y el Zaragoza Club Deportivo. Aquellos años fueron testigos de una rivalidad intensa, pero también del crecimiento de un deporte que pronto uniría sus fuerzas bajo un mismo escudo.
En las filas del Iberia Sport Club, el encargado de custodiar la portería era Jaime Jamandreu, un guardameta reconocido por su valentía y reflejos, que se convirtió en una figura emblemática del equipo amarillo y negro. Su seguridad bajo palos dio al Iberia momentos de gloria y una identidad combativa que marcaría época en el fútbol aragonés.
Por su parte, el Zaragoza Club Deportivo contaba con otro nombre propio bajo los tres palos: Juan José Nogués, portero de gran técnica y serenidad, que más tarde alcanzaría notoriedad en el fútbol español y en la selección nacional. Nogués representaba la elegancia y el temple, cualidades que lo distinguieron como uno de los mejores guardametas de su tiempo.
El destino quiso que, en 1932, ambos clubes dejaran atrás su rivalidad para dar origen al Real Zaragoza, heredero del espíritu y la historia de aquellas dos instituciones. Así, la tradición de buenos porteros que caracterizó al Iberia y al Zaragoza C.D. se mantuvo viva en el nuevo club, símbolo de unidad y orgullo para toda una ciudad.
`Una década de cimientos´
La Guerra Civil interrumpió el desarrollo natural del fútbol español, y con ello, también el progreso del Real Zaragoza. Sin embargo, los nombres de Osés, Lerín e Inchausti quedaron grabados como los guardianes pioneros de un club que, desde sus humildes inicios, ya mostraba el espíritu combativo que lo caracterizaría durante el resto del siglo.
Ellos fueron los primeros en vestir de blanquillo y defender con orgullo la portería del león rampante, en una época en la que el fútbol era pasión, barro y coraje.
Hoy, al mirar las viejas fotografías en blanco y negro, uno casi puede escuchar de nuevo aquel viento que soplaba en La Romareda… y en medio de él, la silueta de un portero firme, valiente, eterno.
Eran aquellos cancerberos del viento y del alma zaragocista.
`Porteros de leyenda de un Zaragoza blanquiazul de los años 70´
En los años setenta, cuando el viento del cierzo soplaba con fuerza sobre La Romareda y los Zaraguayos llenaban el campo de talento y esperanza, había hombres silenciosos que cuidaban el destino del Real Zaragoza bajo los palos de la portería.
Mientras el fútbol de los Zaraguayos hacían soñar al público con sus goles, ellos, bajo los tres palos, defendían el orgullo del escudo con las manos, el cuerpo y el alma. Cada parada era una promesa cumplida, cada vuelo una forma de amor a los colores blanquiazules.
Nieves fue uno de los primeros guardianes de aquella década. Sereno y decidido, dio seguridad en los años de transición. Luego llegó Andrés Junquera, con su experiencia logro para aportar reflejos y sabiduría en la portería maña. También Irazusta, constante y valiente, supo hacerse grande en los momentos difíciles, cuando el equipo más necesitaba temple y carácter.
En estos años de la década, Villanova tomó el testigo. Hombre de la casa, símbolo de compromiso, conocía como pocos el valor de defender al Zaragoza. Y junto a él, Izcoa, joven y decidido, mantuvo viva la lucha bajo los palos, en una época en la que el Zaragoza seguía siendo un equipo de corazón y esfuerzo donde se escribía la historia de un Real Zaragoza.
Aquellos porteros no buscaban la gloria, sino protegerla. En un tiempo donde el fútbol se jugaba con barro, coraje y sentimiento, ellos fueron un muro blanquiazul que detenían el tiempo, mientras los Zaraguayos encendían la ilusión en la grada.
Uno de los nombres más recordados fue Eugenio Vitaller, quien en los primeros años de la década se consolidó como portero titular. Conocido por su seguridad y reflejos, Vitaller ofreció confianza a una defensa en proceso de adaptación, convirtiéndose en un referente para el equipo y la afición.
Hacia mediados de los años 80, la portería del Zaragoza fue defendida por Andoni Cedrún, quien llegaría a convertirse en un icono del club. Cedrún destacó por su agilidad, dominio del área y capacidad para realizar paradas decisivas en momentos cruciales. Su presencia permitió que la portería maña mantuviera una estabilidad que a menudo resultaba decisiva en partidos difíciles.
Durante estos años también hubo porteros que, aunque no siempre fueron titulares, jugaron un papel importante en la rotación y en los momentos de necesidad, aportando experiencia y seguridad cuando el equipo lo requería. La combinación de juventud y veterana en la portería hizo que el Real Zaragoza tuviera una base sólida sobre la que construir su juego ofensivo y defensivo.
En conjunto, los porteros del Zaragoza en los años 80 fueron mucho más que simples guardametas, se convirtieron en símbolos de la resistencia y la identidad del equipo. Cada intervención, cada parada clave, ayudó a mantener viva la ilusión de la afición maña, asegurando que la portería del Real Zaragoza fuera siempre un bastión difícil de superar.
Cada parada era un latido colectivo junto a Juanmi, un instante en que el tiempo parecía detenerse y el ruido del estadio se transformaba en un suspiro de alivio. La portería zaragocista no conocía la rendición; era una muralla que hablaba de orgullo, entrega y amor por la camiseta. Los aficionados no solo aplaudían las atajadas, sentían cómo se tejía un vínculo invisible entre ellos y quien defendía la portería, pues el Real Zaragoza escribía el nombre siendo campeones de Copa y Reyes de Europa.
Recordar aquella portería es volver a sentir el frío de La Romareda, el aroma del césped recién regado, y el corazón latiendo con cada disparo rival. Es revivir la certeza de que mientras existiera quien custodiara aquel arco, la esperanza nunca se perdería. La portería del Real Zaragoza de los 90 era más que un espacio en el campo, era un lugar donde la historia y la emoción se encontraban cada domingo, especialmente en una grada allí el fondo norte, que la portería era un rugido con cada balón detenido.
La Romareda respiraba con ellos. Cada parada, cada salto imposible, cada mano extendida contaba historias de sacrificio y entrega. Vigías detrás de la defensa, que enseñaron que el coraje se mide en segundos y que la verdadera gloria reside en nunca abandonar bajo aquellos palos que uno juró proteger.
A veces, el balón entraba y se sentía que se llevaba un pedazo de uno mismo. La grada callaba, los compañeros bajaban la cabeza, y el peso de la ciudad caía sobre sus hombros. Pero otras veces, una sola parada, un simple reflejo, podía devolver el aliento perdido, como si su cuerpo fuera el hilo que mantenía unida la esperanza de todos.
El portero era un espejo del equipo, donde se podía palpar la alegría y la tristeza con intensidad, uno podía sentirse firme, aunque temblase por dentro. Cada caída, cada estirada, cada gol encajado o evitado, era un acto de valentía silenciosa. Nadie aplaude con todas las lágrimas que se derraman repasando errores y aciertos. Pero esas emociones, ocultas y profundas, construyen el verdadero carácter de quien defendía el arco: defender los sueños, ilusiones y la dignidad de un club que llevaba por lema Zaragoza no se rinde.
En los años más difíciles, mientras el Zaragoza sufría, el portero aprendió algo esencial, solo importa permanecer de pie bajo los palos, sosteniendo la esperanza, siendo un guardián de un club grande al que ahora le toca claudicar, Y ser guardián, en esos años de dolor y lucha, no fue fácil resaltar.
Cristian Álvarez, quien marco un paso que dejo leyenda, con su experiencia y temple argentino, era la roca a la que aferrarse. Sin embargo, incluso él, curtido en mil batallas, no podía borrar la sensación de impotencia cuando la defensa cedía y la pelota se colaba, provocando un silencio que dolía más que cualquier grito de victoria. Cada caída, cada error, se sentía como un golpe al corazón del zaragocismo, una herida que parecía abrirse con cada temporada en Segunda División.
A su lado, Álvaro Ratón alternaba momentos de luz y sombra. Como joven guardián, cargaba con la presión de suplir a un mito vivo, Cristían Alvarez habia creado un símbolo heroico que nadie en este momento que defendiera la camiseta del Real Zaragoza podía hacerle sombra.
Con la llegada de Gaëtan Poussin, el club buscó inyectar juventud y frescura, una chispa que pudiera encender la ilusión en la portería. Pero incluso él, quien quedo marcado en su primera temporada, caso su energía y sus reflejos felinos, pero no podía abstraerse del peso de la historia reciente: el Zaragoza no parecía capaz de escapar de la mediocridad de la Segunda División. Cada partido se vivía con un nudo en la garganta, cada balón parado era un desafío contra la propia desesperación.
La década del 2020, para los porteros del Zaragoza, fue una prueba de resistencia emocional. No solo defendían un arco, sostenían la fe de una ciudad entera, atrapada en la espera de una salvación que año tras año se hacia mas agónica. Cada error se amplificaba en los ecos de La Romareda, cada atajada era una bocanada de esperanza que duraba apenas lo que un suspiro. Y así, entre la frustración, la pasión y la presión infinita, los porteros del Real Zaragoza vivieron la Segunda División no solo como un torneo, sino como un desafío a quienes llevan al Real Zaragoza en el corazón.
.jpg)


























No hay comentarios:
Publicar un comentario