La edición de 2004 fue la vigésimo primera en la historia del torneo, que se disputa desde 1982. La eliminatoria se resolvió en dos partidos muy intensos. Tras el encuentro de ida, todo quedaba abierto para la vuelta en Mestalla, donde el Real Zaragoza protagonizó una memorable remontada que le permitió conquistar la Supercopa de España el 24 de agosto de 2004. Con aquel triunfo, el conjunto aragonés lograba su primera Supercopa y cerraba un año inolvidable para el zaragocismo.
La Supercopa de España de 2004 abría oficialmente la temporada del fútbol español enfrentando a dos equipos que habían firmado un curso anterior memorable. Por un lado, estaba el poderoso Valencia Club de Fútbol, campeón de la Primera División de España y dominador del panorama nacional. Enfrente, el ambicioso Real Zaragoza, que llegaba tras conquistar la Copa del Rey y dispuesto a demostrar que su éxito no había sido fruto de la casualidad.
El duelo prometía emoción desde el primer minuto. El Valencia C.F. partía con el cartel de favorito gracias a su plantilla consolidada y a la brillante temporada que acababa de completar. Sin embargo, el Real Zaragoza afrontaba la eliminatoria con ilusión, confianza y el recuerdo aún reciente de su triunfo copero, que había devuelto al club aragonés a la primera línea del fútbol español.
La Supercopa se presentaba, así como algo más que un simple título de inicio de temporada. Para el Valencia suponía la oportunidad de reafirmar su hegemonía, mientras que para el Real Zaragoza representaba la ocasión perfecta de seguir escribiendo una de las etapas más ilusionantes de su historia reciente y demostrar que podía competir de igual a igual con los grandes del país. Con todo preparado, los dos equipos estaban listos para abrir un nuevo capítulo en la lucha por los títulos del fútbol español.
REAL ZARAGOZA - VALENCIA
PARTIDO DE IDA
El 21 de agosto de 2004, el estadio de La Romareda se llenó de ilusión para acoger el partido de ida de la Supercopa de España entre el Real Zaragoza y el Valencia Club de Fútbol. Los aragoneses querían empujar a su equipo hacia una victoria que les permitiera viajar a Valencia con ventaja.
El conjunto dirigido por Víctor Muñoz salió al césped con personalidad y valentía. El Zaragoza intentó llevar el peso del partido desde el primer momento, presionando arriba y buscando profundidad por las bandas. En ataque, la movilidad de David Villa y la experiencia de Javi Moreno generaban inquietud en la defensa valencianista, mientras el centro del campo trataba de imponer un ritmo alto para sorprender al campeón de liga.
El Valencia, entrenado por Claudio Ranieri, mostró sin embargo la solidez que le había caracterizado en los últimos años. Bien ordenado atrás y muy peligroso en las transiciones, el equipo valenciano supo resistir el empuje inicial del Zaragoza. Jugadores como Vicente Rodríguez, Rubén Baraja o Pablo Aimar buscaban aprovechar cualquier espacio para castigar a la defensa local.
Durante gran parte del encuentro, el partido fue un pulso táctico y emocional. El Zaragoza acumulaba acercamientos y el público de La Romareda empujaba con cada jugada, mientras el Valencia respondía con serenidad y oficio. Las ocasiones se repartían, pero el marcador seguía intacto, aumentando la tensión en las gradas.
El gol visitante llegó en el minuto 61, Vicente Rodríguez ejecutó una falta perfecta que superó a Luis García y silenció momentáneamente La Romareda. La derrota por 0-1 dejaba la eliminatoria abierta, pero recordaba a los zaragocistas que la tarea sería difícil.
En los minutos finales, el Zaragoza se lanzó al ataque con orgullo en busca del empate, empujado por su afición. Sin embargo, la defensa valencianista resistió con firmeza y el marcador no volvió a moverse.
La derrota dejaba un sabor amargo en Zaragoza, pero la eliminatoria seguía abierta. Con el 0-1, todo quedaba pendiente del partido de vuelta en Valencia, donde el equipo aragonés tendría que arriesgar para intentar darle la vuelta a la Supercopa.
VALENCIA - REAL ZARAGOZA
PARTIDO DE VUELTA
Tres días después del primer asalto, el Real Zaragoza aterrizaba en Valencia con un objetivo claro, darle la vuelta a la eliminatoria. No era un reto sencillo. Enfrente esperaba el Valencia CF, un rival poderoso y arropado por un estadio siempre exigente como el Estadio de Mestalla. Pero si algo ha demostrado el Zaragoza a lo largo de su historia es que, cuando el escudo pesa y la camiseta blanquilla se empapa de orgullo, cualquier escenario puede convertirse en territorio conquistado.
Desde el primer instante quedó claro que el equipo aragonés no había viajado para especular. La presión alta, la circulación rápida del balón y la valentía en ataque fueron las señas de identidad de un Zaragoza que salió al césped con la convicción de que la remontada era posible.
El partido apenas había comenzado a asentarse cuando llegó el primer golpe zaragocista. Corría el minuto 11 cuando Álvaro encontró el espacio necesario para batir al portero valencianista y abrir el marcador. El balón besó la red y, aunque Mestalla quedó en silencio por un instante, en miles de hogares zaragocistas se escuchó el mismo grito, todavía había partido.
Ese gol no solo igualaba la eliminatoria, sino que reforzaba la confianza de un equipo que empezó a creer aún más en sus posibilidades. El Zaragoza se mostró sólido en defensa y peligroso en cada transición ofensiva. Cada recuperación de balón se transformaba en una amenaza.
El dominio visitante tuvo premio antes del descanso. En el minuto 33, Luciano Galletti, siempre eléctrico por la banda, culminó una gran jugada ofensiva para marcar el segundo gol del Real Zaragoza. El balón cruzó la línea de gol y el 0-2 iluminó el marcador de Mestalla.
El silencio en el estadio contrastaba con la euforia de los jugadores zaragocistas sobre el césped. En ese momento, el Zaragoza no solo estaba remontando la eliminatoria, estaba demostrando carácter, personalidad y un hambre competitiva que hacía soñar a toda su afición.
Con esa ventaja se llegó al descanso. Los jugadores se marcharon al túnel de vestuarios conscientes de que aún quedaban 45 minutos de batalla, pero también sabiendo que el plan estaba funcionando a la perfección.
Tras la reanudación, el Valencia CF dio un paso al frente. El orgullo del conjunto valencianista apareció y el equipo comenzó a apretar con más intensidad. Mestalla volvió a empujar y el partido entró en una fase de máxima tensión.
La reacción local llegó en el minuto 53, cuando Bernardo Corradi logró recortar distancias. El gol devolvía la emoción a la eliminatoria y recordaba que, en el fútbol, ningún partido se gana antes de tiempo.
Durante algunos minutos, el Valencia intentó imponer su ritmo y generar ocasiones que volvieran a equilibrar el duelo. Pero el Zaragoza no perdió la calma.
Lejos de descomponerse, el equipo aragonés demostró madurez y experiencia. La defensa se mantuvo firme, el centro del campo supo administrar los tiempos del partido y el equipo volvió a encontrar espacios para salir al contraataque.
Cada minuto que pasaba jugaba a favor del Zaragoza. La tensión en el estadio era palpable y el reloj parecía avanzar más rápido para unos que para otros.
Cuando el partido se acercaba a su tramo final y el Valencia buscaba desesperadamente el empate, llegó el golpe definitivo. En el minuto 82 apareció Javi Moreno. Con la sangre fría de los grandes delanteros, definió con precisión para marcar el tercer gol zaragocista de la noche.
El 1-3 fue mucho más que un simple gol, fue el momento en el que la eliminatoria quedó definitivamente sentenciada. En ese instante, los jugadores del Real Zaragoza sabían que la hazaña estaba completa.
Aun así, los últimos minutos no fueron un simple trámite. En Mestalla quedaban restos de orgullo valencianista y el Valencia intentó, con más corazón que claridad, volver a meterse en el partido. Balones colgados al área, centros desde las bandas y un estadio que trataba de empujar a los suyos en busca de un milagro que ya parecía demasiado lejano.
El Real Zaragoza, sin embargo, jugó esos instantes con inteligencia y serenidad. La defensa maña despejaba cada balón con autoridad y el centro del campo se encargaba de enfriar el partido, haciendo que el tiempo corriera lentamente para los jugadores valencianistas y demasiado rápido para los aficionados locales.
Cada recuperación de balón era celebrada como si fuera un gol por los jugadores zaragocistas. En el banquillo se respiraba una mezcla de tensión y esperanza contenida. La remontada, que horas antes parecía una presa complicada, estaba cada vez más cerca de convertirse en realidad.
Los minutos finales fueron consumiéndose entre despejes, posesiones largas y miradas constantes al reloj. Cuando el árbitro señaló el final del encuentro, el césped de Mestalla se convirtió en un estallido de alegría para el Real Zaragoza.
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