El año 1986 es sinónimo de una de las mayores injusticias institucionales de nuestra historia. Aquel año tocamos el cielo en el Vicente Calderón. El inolvidable gol de Rubén Sosa al Barcelona nos daba nuestra tercera Copa del Rey y el billete para disputar un título que hoy reluce en las vitrinas de los grandes, pero que entonces cotizaba a la baja para los de siempre, la Supercopa de España.
El guión dictaba un duelo a doble partido contra el Real Madrid de la 'Quinta del Buitre', campeón de Liga. El Real Zaragoza que estaba listo para morder como campeón de la Copa del Rey . La Romareda se preparaba para otra noche de gala. Pero el partido nunca llegó.
¿El motivo? El Real Madrid se plantó. Alegando una supuesta "saturación de calendario" por culpa de aquella infame Liga del play-off de las 44 jornadas, el club blanco se negó en redondo a buscar fechas para la eliminatoria. Para ellos, un torneo que no dejaba millones en televisión no merecía el esfuerzo de viajar a Zaragoza.
Lo verdaderamente indignante no fue solo el desprecio de la directiva madridista, sino la sumisión de la Real Federación Española de Fútbol. En lugar de sancionar la espantá del rival y otorgar el trofeo al Real Zaragoza como legítimo campeón por incomparecencia del adversario, la RFEF se encogió de hombros. Decidieron, por la vía rápida, suspender el torneo y dejar el palmarés desierto.
Aquel Real Zaragoza, que esa misma temporada maravillaría a Europa llegando a las semifinales de la Recopa, se quedó sin la oportunidad de levantar una Supercopa que se ganó con sudor y fútbol sobre el césped del Manzanares. Hoy, cuando vemos el despliegue multimillonario de la Supercopa moderna, los zaragocistas no olvidamos, en 1986 nos privaron de un título oficial simplemente porque al poderoso de turno no le venía bien jugar. Pero en nuestra memoria y en nuestro orgullo, aquel trofeo moral siempre será blanquillo.

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